miércoles, 29 de septiembre de 2004

La mano que mece la... (Capítulo XI)

El frío hizo de mi cuerpo un tirititeo constante y decidí encender el agua caliente para volver a entrar en calor. Sintiendo el agua caliente caer sobre mi cuerpo helado iba recuperando el aliento por segundos. Mis miedos y mis deseos se iban convirtiéndo en obsesiones. Necesitaba esa llamada, necesitaba saber quienes eran estas personas.

Había perdido la noción del tiempo. Ya no sabía si había ido a trabajar o si había estado constantemente soñando. ¿Cuántos días habían pasado? ¿Realmente había tenido sexo con una mujer, o sólo lo había soñado? ¿Era mi subconsciente el culpable de todo ésto?

Justo cuando suena el timbre de la casa... "diiiiiing dooooooong"

Corro hacia la puerta deseando que fuera Leila... miro por la mirilla y no veo a nadie...
-Qué extraño- Pensé, - Pero si acaban de llamar-
Abro la puerta sigilosamente y allí estaban ellas: Sado y Oki.

Sin dejarme tiempo para reaccionar, irrumpieron en mi casa llegando a la habitación, donde instalaron una micro cámara delante mía, como si yo no existiera.
-¡Oye!, ¿pero qué haceis?- exclamé
Pero nadie contestó. Yo allí era poco menos que invisible. Sabía que Sado y Oki eran unas enanas con muy mala leche, así que decidí no intervenir en sus tareas. Me giré para dirigirme a la cocina para tomar un refresco y allí estaba ella, tan bella como siempre.

-Dejé que te fueras y luego me arrepentí- dijo Leila con voz firme y autoritaria. -No volverá a ocurrir-, continuó. -Eres mía, y debes obedecer-.

Con un chasquido de dedos consiguió en menos de un minuto tener a las enanas encima mía atándome de nuevo a aquella cama, desnudandome como si fuera una muñeca de goma, sin ningún tipo de erotismo. Esta vez, no puse impedimento, no puse resistencia. Dejé que hicieran conmigo lo que les dió la gana. Pero ellas sólo me ataron y abandonaron la habitación.

-Les he dicho que pueden vernos en el salón- dijo Leila mientras se abalanzaba suavemente sobre mí como si fuese un gato a punto de capturar a su presa. -Es que ellas quieren participar-, aclaró. -Te aman, igual que yo-.

Lentamente fué subiendo desde los pies de la cama hacia mi pubis. Besando mis muslos, haciéndome arder por dentro. Subiendo por mi cintura hacia mi pecho...

...Continuará...
Capítulo XII
Capítulo X

martes, 28 de septiembre de 2004

La mano que mece la... (Capítulo X)

Un hervidero de cuestiones bullía en su mente durante el recorrido en metro a casa. ¿Quiénes eran aquellas extrañas personitas que la maltrataron? ¿Qué relación guardaban con Leila? ¿Quién era Leila? ¿Qué querían de ella? De todo lo sucedido - no sabía exactamente cuánto tiempo - sólo había sacado una conclusión: jamás volvería a ver a Roberto.
Una vez en casa obtuvo una segunda conclusión gracias a la útil herramienta que puede ser internet: es bastante frecuente que una persona que sufra retraso en el crecimiento sea proporcionado. Pseudo-acondroplasia lo denominan, alguien que ha tenido defectos en el crecimiento y sin embargo su desarrollo es proporcional a su estatura. Curiosamente, un defecto o mutación genética en una niña se muestra en forma leve, puesto que de el par de cromosomas X característicos de ese sexo, el sano, y por tanto dominante, compensa el gen X defectuoso. Es por eso que si ambos padres poseen ese gen X defectuoso, las niñas presentan la enfermedad en forma más leve. Aunque, en cualquier caso, son portadoras de la mutación. Ese detalle descartaba la segunda idea extravagante - pero totalmente fundada al sopesar todo lo ocurrido- la experimentación genética de un hospital o descabellada fundación médica privada.
La tercera idea extravagante aún no desechada por cobrar cada vez más sentido era la del placer. Todavía sentía un leve escozor en su pezón derecho. Se levantó del escritorio en dirección a la luna del armario, con la intención de observar su lacerado pecho. Dos finos arañazos, dos pequeñas medias lunas claramente impresas en la base del pezón, justo en la unión con la aureola. Dos líneas de sangre que concentraban inconscientemente la mirada hacia el centro de su pecho. El hematoma desaparecería en varios días pero aquel extraño signo la había marcado de una forma casi permanente. No pudo evitar estremecerse de nuevo al recordar las agudas punzadas de dolor que le proporcionó aquella salvaje criatura. Algo había cambiado en ella. El recuerdo de la agresión y el deseo de besar los labios de Leila se fusionaban en una turbadora sensación. Sacudió la cabeza intentando despejar su abotargada mente. Era momento de ordenar sus ideas. Consultó el calendario de su ordenador portátil. Habían pasado dos días desde su desvanecimiento en la discoteca.

- Vacaciones infernales - pensó, entre triste y divertida.

Al día siguiente debía madrugar para ir al trabajo, así que decidió tomar un baño relajante para conciliar el sueño. Poco tiempo después de introducirse en el agua templada cerró los ojos y el sopor se apoderó de ella. Comenzó a oir unas risitas jocosas. Reconoció de inmediato aquel timbre juvenil. Las pequeñas criaturas salvajes estaban con ella. Elena estaba de pie en medio de la estancia, los brazos caían pesados junto a su cuerpo y sus piernas estaban levemente abiertas dejando justo el hueco para que una de las pequeñas manipulase libremente su entrepierna. Entornó un poco los ojos y pudo ver cerca de sus pies pequeños y cortos mechones de cabello negro. No sólo habían cortado su cabello, también habían cambiado su color. La enana de mirada perversa enjuagaba su sexo tras rasurarlo con una pequeña maquinilla dorada, mientras la otra, subida en la silla, peinaba su nuevo corte de pelo. Una leve excitación se apoderaba de su cuerpo debido a las caricias de la pequeña que enjuagaba su pubis. La chica que la peinaba cogió del respaldo de la silla algo que parecía un correaje y se la dio a su gemela, que mostraba aquella sonrisa libertina tan peculiar.

- Levanta el pie izquierdo - dijo la pequeña libertina, suavemente esta vez.

Elena levantó su pie lo justo para no perder el equilibrio y la enana introdujo aquel extraño correaje entre sus piernas. El correaje estaba formado por dos tirantes de cuero unidos entre sí en su extremo inferior, formando una "V". La pequeña sujetó la pernera contra su vulva y cedió las dos tiras más largas a su compañera. Mientras la chica de la silla colocaba la tira más externa en su clavícula derecha, pasándola a través de su cabeza, la que estaba situada entre sus piernas ajustaba en las ingles una abertura de la entrepierna que unía ambos lados de su sexo, dándole la apariencia de unos labios fruncidos, una invitación al beso. Una vez situada la tira izquierda en su lugar, el extraño atuendo se ajustó al cuerpo, pegándose como una segunda piel. Finalmente la calzaron con unos zapatos negros de tacón, tan altos que sus gemelos se tensaban con el menor movimiento. Elena temía trastabillar y caer al suelo. Intentaba acomodarse a la pendiente de aquellos zapatos tan elevados pero le era imposible mantener el equilibrio sin bascular su peso, lo que producía que los correajes de su entrepierna masajeasen su sexo. Un leve rubor se apoderó de ella. Su respiración era profunda pero entrecortada. Las enanas la tomaron cada una de una mano y la giraron hacia un gran espejo ovalado situado a su izquierda. El único ruido en la habitación eran las excitadas risitas de las gemelas y el crujir de las ropas y zapatos.
Elena se contempló extasiada. Los altos zapatos tensaban sus muslos y alzaban la postura de su trasero. Aquel extraño correaje se amoldaba al pubis definiendo exactamente la curva de su volumen, dividiendo la grasa de la zona en dos gajos exquisitamente suculentos. Una gran "V" dibujada sobre su tórax, tensada por su espalda arqueada, elevando sus senos totalmente desnudos excepto por la franja de cuero que cubría sus pezones. El estudiado diseño del atuendo dirigía la mirada desde su rostro hacia su vientre, centrando el trayecto hacia su pequeño ombligo y desembocando en su entrepierna. Su cabello había sido cortado a lo garçon, dos rectos flequillos peinados hacia delante en ambos lados de su cara a la altura de sus pómulos que afinaban aún más su rostro y muy corto en la nuca, lo que hacía que su cuello pareciera aún más largo y frágil. Nunca hubiera imaginado que un pelo tan oscuro le proporcionase ese aspecto tan delicado.
- Está preciosa, ¿verdad Oki? - susurró entre dientes la pequeña perversa.
- Sí, casi perfecta. - respondió la pequeña más dulce - Prepárate, Sado, Leila pronto llegará - azuzó alarmada a su hermana Sado. Elena no pudo evitar un sobresalto al volver oir el nombre de Leila. La habían vestido para ella, de modo que volvería a verla. ¿Saborearía por fin aquellos jugosos labios? Guiaron de nuevo a Elena colocándola frente a la gran silla y le ordenaron que mirara al suelo. Acto seguido se colocaron ambas como aquella primera vez: sentadas una a cada flanco de la silla en respetuosa postración.
De repente, alguien la sorprendió desde su espalda colocando una mano en su pecho herido y la otra cubriendo su nariz y boca. Elena emitió un grito apagado por aquella mano que le impedía respirar. Su pecho se agitaba convulsivamente por el pánico.

- Es por eso que estás aquí. Porque eres mía - alguien susurró en su oído, apretándola contra sí al pronunciar cada frase.

Reconocío aquella voz: era Leila. Elena abrió sus ojos alarmada y forcejeaba con su cabeza para librase de la presa que le impedía respirar.
Con un rápido y desesperado impulso hacia arriba, despertó emergiendo del fondo de la bañera, con los ojos desorbitados por la asfixia. Se había sumergido bajo el agua al quedarse dormida en la bañera.

...Continuará...
Capítulo XI
Capítulo IX

lunes, 27 de septiembre de 2004

Tuxedomoon en el Teatro Cervantes

¿Alguien se apunta? El 12 de octubre en el Teatro Cervantes presentará Tuxedomoon su nuevo disco: Cabin in the sky. Una de las bandas míticas de los 80, de tan amplio y variopinto registro que su estilo es difícil de definir... Estoy un poco oxidado, hace siglos que no los oigo, pero no me disgustaría en absoluto recordar su sonido.

La mano que mece la... (Capítulo IX)

Pero el deseo de oir el sonido de aquel teléfono se transformó súbitamente en el deseo ardiente de besar esos labios nuevos, suaves, tan diferentes a lo que yo estaba acostumbrada. Fascinada por la suavidad de aquella piel, olvidé por completo dónde estaba, con quién estaba, que estaba atada a aquella cama... fué entonces cuando las necesidades fisiológicas empezaron a darme avisos...
-Leila, necesito ir al baño-

Entonces comenzó a desatarme delicadamente de aquella camilla horrorosa. Me acompañó al baño y mientas orinaba, ella seguía allí, mirándome.
-¿Sabes como me llamo, por casualidad?- le pregunté, por hablar de algo, ya que no podía concentrarme en hacer mis labores mientras aquellos preciosos ojos se me clavaban.
- Por su puesto, sé mucho más de tí de lo que te puedas imaginar
- Uuuuuuh! Qué excitante- Exclamé con tono hirónico y un poco harta de todo el enigma que me estaba rodeando. -¿También sabes la marca de condones que uso para follar con mi novio?-
-aaaaaaaaajajajaja -Se destornilló de la risa-. ¿Qué novio, bonita? ¿Te refieres al 4X4 que tienes aparcado en tu cama algunas noches? ¿Roberto?... Bueno, te diré, Elena, que Roberto es un desastre en la cama. Y si es tu NOVIO, deberías ponerle un contador de mujeres en el pene... tal vez cambiarías esa denominación por otra un poco menos posesiva... algo así como llamarlo por su própio nombre si eres diplomática o bien... CERDO, si eres poco original.
-No me lo puedo creer- suspiré, -sabes más de mi vida que yó misma-. - Claro que igual todo es mentira, Leila-

Dispuse levantarme de la taza del water ya que hacía tiempo que había terminado... y le pedí que no me volviera a meter en aquella habitación. Ella aceptó orgullosa de mis súplicas y me invitó a irme de la casa.

-Está bien- dije, sin saber muy bien si lo que deseaba era irme o quedarme -Ya sabes mi número de teléfono-

Y caminé hacia la puerta moviendo las caderas a ritmo seductor, con la idea de que me volviera a secuestrar si era capáz o si no lo era, dejarla con el deseo de volver a llamarme.

...Continuará...
Capítulo X
Capítulo VIII

jueves, 23 de septiembre de 2004

No sé si reir o vomitar

Acabo de leer en el periodicucho del bús la siguiente noticia:

David Bisbal prepara un recopilatorio de sus dos discos.
El cantante almeriense grabará el próximo mes de enero una selección de las canciones de sus dos álbumes, junto a algún que otro tema inédito, en otro idioma, presumiblemente en italiano, de cara a la gira que llevará a cabo por Europa en 2005
¿Pero quién se ha creido este? Sacar un recopilatorio de... ¡¡¡dos discos!!! Una gomilla para tenerlos juntos y que no se te pierdan, ¿no?, porque si no, no me explico lo de recopilatorio. Dan ganas de meterle a éstos abanderados de la música (Vale-Music) un paragüas por el culo y después abrirlo para ver si se ríen tanto como se ríen de nosotros.
¡¡¡Como este tío salga de gira por Europa, quién va a salir de Europa va a ser España!!! Nos va a condenar la CEE por terrorismo intelectual.
Afortunadamente, hay otras y buenas noticias en el mundo musical. El amigo Nick Cave y sus malas semillas han sacado un nuevo disco.

La mano que mece la... (Capítulo VIII)

Al parecer había estado largo tiempo dormida. El timbre del teléfono sonaba otra vez, en esta ocasión su tono estaba distorsionado por un eco reverberante. Intentó abrir los ojos pero de nuevo sentía aquella picazón irritante. La luz la molestaba como el primer día que llegó allí. Notaba de nuevo aquella mordaza "vintage". La habían drogado otra vez.
Oía risas, con aquel extraño eco producido por el narcótico, risas de niña, muy tímidas, apenas un ruidito. Podía diferenciar a dos niñas por el sonido distintivo de sus risitas. Soportó el dolor de abrir los ojos y vió que no eran niñas exactamente, pequeñas, sí, pero desarrolladas como jovencitas de veinticinco años. Una a cada lado de la cama. Dos ángeles perversos que aportaban compañía precisamente donde no se necesitaba. Eran dos hermanas gemelas de apenas metro y medio de estatura. Lo realmente extraño, pensó, era que su aspecto se mostraba como si hubieran reducido a dos chicas hirviéndolas en agua caliente durante mucho tiempo, tenían brazos y piernas bien torneados, sus rostros no padecían la grosería desgraciada de esa tara genética, sus bustos eran prominentes y hermosamente esféricos. Como los jíbaros hacían con las cabezas de sus enemigos, reduciéndolas hasta unos pocos centímetros de diámetro. Las enanas jíbaras. Las dos tenían el pelo liso y moreno recogido por una felpa de plástico azul, ojos azules remarcados sobre profundas ojeras, los rostros deliciosamente ovalados con una frente amplia y abultada como las damas renacentistas y una piel casi tan blanca como la habitación. Vestían como niñas buenas de escuela privada: un vestido azul estampado con pequeñas florecitas verdes y amarillas recogido en la cintura por una cinta de raso blanco enlazada a la espalda, con esos cuellos blancos, redondos y troquelados. Incluso llevaban calcetines blancos y zapatos de charol de punta redonda.
Mientras continuaban riendo y sonriéndose mutuamente, sus manitas acariciaban aquel cuerpo atado y destapaban excrutadoras pedacitos de su camisa, como un niño que juega a adivinar su regalo antes de abrirlo, divertidas, como un gato que juguetea con su presa. Las risas acompañaban al tiempo las furtivas caricias, casi podía jurar que las ondas tocaban en oleadas su maltrecho cuerpo, su sonido le mareaba de la misma manera que un perfume demasiado exótico.
- ¡Hola! - dijo efusiva la enana de la derecha. La saludó como un chiquillo saluda una visita de sus padres.
La enana de la derecha desabotóno un poco la camisa y sacó el pecho del sujetador. Apretó con fuerza el pezón, enrojeciéndolo, una sonrisa tensa de excitación resaltaba en su rostro mientras su hermana reía compulsivamente a la vez que intentaba subirse a la cama. Ella tiraba de los correajes intentando retirar los dedos de aquella salvaje criatura mientras un quejido acallado por la mordaza se escapaba de su garganta.
En ese instante la puerta se abrió de un golpe. Las dos chiquillas gritaron a un tiempo y se apresuraron en tomar una postura servil y avergonzada. La mujer de los ojos verdes observaba bajo el dintel con gesto de reproche la acción de las gemelas. Esta vez su pelo estaba recogido en una cola de caballo muy alta, el cabello estaba tan tenso que su aspecto era plano y liso. Sus altas botas de cuero sonaron agresivas cuando se acercó a la gemela que apretaba su pezón. El crujido del ceñido traje de vinilo, que cubría desde el mentón hasta manos y piernas, se anticipó al golpe que le asestó en la mejilla. La chiquilla bajó la cabeza sollozando. La mujer de los ojos verdes volvió a cubrir su pecho desnudo, observando antes si el daño había sido excesivamente grave.

- Habéis sido malas, ¡venid aquí! - ordenó a las enanas. Un sobresalto recorrió al unísono los cuerpecitos de las perversas enanas, como si la orden las hubiera agarrado con fuerza por los hombros.

Las enanas se colocaron temerosas frente a ella. La mujer de los ojos verdes les ató alrededor del cuello un grillete como los que la inmovilizaban a ella, sólo que estos tenían tres zafiros rojos formando un triángulo en su parte delantera. A continuación enganchó en las trabillas laterales dos cordones de cuero negro trenzado y tiró con fuerza de ellos. Las enanas no movieron ni un músculo durante toda la operación. La mujer de los ojos verdes tiró de sus "mascotas" y se sentó en la silla junto a la cama. Las enanas se sentaron a su lado, en el suelo, con sus cabecitas mirando el linóleo. La mujer de los ojos verdes la miró directamente a los ojos, inexpresiva. A su parecer, la mujer de la cama era sólo un objeto, una mercancía, un animal extremadamente delicado, pero indisciplinado al fin y al cabo. Tomó aire y dijo:

- Me llaman Leila. Ahora tenemos que hablar - dijo con voz suave pero firme.

Por alguna extraña razón, ella deseaba que aquel teléfono sonara ahora.

...Continuará...
Capítulo IX
Capítulo VII

martes, 21 de septiembre de 2004

La mano que mece la... (Capítulo VII)

En el momento que suena el teléfono abro los ojos y me siento en casa. No puedo creerme que todo ésto haya sido un sueño. Era demasiado real. Giro la cabeza hacia la derecha y ahí veo de nuevo a esa mujer. -¡Ah!- grito, totalmente impresionada. Con mi grito de espanto vuelve la cabeza hacia mí y veo esos ojazos verdes apuntándome. Uff! No puedo creerlo, me hipnotiza. Se acerca a mis labios y me da un beso tímido. Me mira... siento que me muero... justo cuando creí que iba a sonar el teléfono... y pensé: - es imposible, ella está aquí conmigo-. Pero sonó. Esta vez para despertarme del mejor sueño que había podido imaginar, y con una persona que jamás había mediado media palabra conmigo. Miro a mi alrededor y veo de nuevo ese mobiliario horrible, blanco punzante. Y nadie más. Sóla, yo. Al lado izquierdo de la cama habían puesto un plato de comida mediterránea con una apariencia realmente apetitosa. No dudé en darle un bocado tras otro.

Por un momento pensé que estaba en un manicomio, pero no tenía sentido que lo estuviera, pues no es que sea la reina de las cuerdas, pero loca no estoy. -No puede ser algo legal - pensé, - me han secuestrado-.

Sin embargo, no entendía el sentido que aquello podría tener. Yo no soy una persona adinerada, ni importante... a lo mejor no me han secuestrado...

Sin poder evitarlo siento como voy cayendo en un sueño profundo y cuando miro a la mesita ya no estaba el plato de comida. Ahora había un teléfono... que comienza a sonar...


...Continuará...
Capítulo VIII
Capítulo VI

lunes, 20 de septiembre de 2004

The Godfather

Parla più piano e nessuno sentirà
il nostro amore lo viviamo io e te
nessuno sa
la verità
neppure il cielo che ci guarda da lassù
The Godfather Love Theme (Nino Rota, 1972)

¿A quién no le gusta "El Padrino"? Entonces, que no visite esta página (la más completa que he visto en toda la red). Y si eres un superfriqui del Godfather, entonces tu regalo perfecto es éste.

domingo, 19 de septiembre de 2004

Ergo: Me cago en la Deducción Natural

Estoy harto. Es sábado noche, todo el mundo está en la calle bebiendo copillas en algún Guateque Sideral escuchando Rock Macana y yo aquí peleándome contra las iras de la lógica computacional oyendo los perros de los vecinos aullando a los muertos del hospital cercano (hay días que La Parca no da abasto). Tengo una como la de abajo en la estantería situada a mi espalda y juro solemnemente que, sino este martes, pocos días después voy a engullírmela enterita tras ingerir algún que otro honguito psicotrópico.

Desde aquí hago una recomendación de los productos patrios: Black absinthe (80º, amiguetes), la verde de Philippe Lasala y nuestra protagonista Le Diable Rouge. Más tipos y accesorios aqui. Para los amantes de la buena absenta os recomiendo el anillo web temático (sí, somos Legión), pero he perdido el enlace, si lo encuentro algún día lo incluiré.
Por cierto, buscando a nuestra amiga me he encontrado con una extensa búsqueda, he pensado comenzar una colección de localizaciones, marcas y productos con el nombre Diable rouge o cualquier traducción del mismo. Por ahora - no quiero perder más tiempo - he encontrado un restaurante parisino. Ya iré incluyendo más. Si alguien encuentra alguna otra coincidencia, que comente este post o que envíe un correo electrónico (cuando la pereza nos permita incluir alguno).

sábado, 18 de septiembre de 2004

La mano que mece la... (Capítulo VI)

Aturdida, abrió los ojos lentamente y un difuso resplandor blanquecino golpeó sus pupilas. Sus ojos estaban tan irritados y húmedos que no conseguía ver con claridad. Pensaba pastosamente, se sentía abotargada. Le dolían la cabeza, los brazos, las piernas. Estaba cómoda, aunque dolorida. Dedujo que estaba en una cama, en la sala de urgencias de algún hospital. Su cabeza le dolía tanto que pensó que un golpe seco en la cabeza era el posible motivo por el que no se encontraba ya en la discoteca.
Poco a poco, recobraba la consciencia e intentaba hacer un informe mental de su estado. Su mandíbula le daba punzadas leves de dolor, estaba como entumecida. Intentó mojar sus labios pero algún extraño objeto se lo impedía, no permitía unir sus labios pero sí podía respirar a través de él. Palpó con su lengua la porción introducida en su boca y notó una serie de agujeros formando circulos concéntricos. Mordió aquel extraño objeto y notó cierta resistencia gomosa. Entornó los párpados, el resplandor ya no era tan molesto. Dirigió la mirada hacia su nariz y observó media esfera de plástico rojo bajo ella. Estaba amordazada. Intentó aflojar aquella mordaza pero sus manos y pies estaban sujetos a la cama por unos grilletes de cuero negro curtido, recios pero enguatados en su interior. Quienquiera que fuese quien la retenía allí no deseaba marcas de grilletes en su cuerpo. Afortunadamente, seguía vestida.
La primera hipótesis quedaba descartada, al menos el ochenta por ciento. De alguna manera, tras aquel desmayo, alguien la había atado y amordazado a una cama en un lugar desconocido. Un panorama nada reparador. El pánico y el desconcierto se apoderaban de ella. ¿Quién la había llevado allí? ¿Por qué? ¿Para qué? Se esforzaba para no imaginar las respuestas a aquellas terribles preguntas.
Se armó de valor y oteó alrededor de la extraña habitación. No era muy grande, un rectángulo de unos pocos metros cuadrados . Quizás un dormitorio o - peor aún - un sótano, puesto que no tenía ventanas. Las paredes estaban pintadas de impoluto blanco, el mismo color que el linóleo del suelo. Podía vislumbrar una puerta blanca y lisa frente a los pies de la cama, a unos pocos pasos de ella. El único acceso a la habitación, al menos, el único visible. El escaso mobiliario de la estancia eran aquella gran cama de matrimonio, una pequeña mesilla auxiliar con un teléfono blanco sobre ella y una silla de gran respaldo, tallada en madera clara con apliques de marfil y un exultante tapizado rojo. Todos los objetos de la habitación eran psicóticamente blancos.
Agotada por las fuertes emociones y el entumecimiento de su maltratado cuerpo, la realidad se fue desvaneciendo, poco a poco, abandonándose a un reparador sueño que la despertase de nuevo en su cama, con alguna esquina de la sabana metida en su boca. Justo en el momento en que sus ojos se cerraban y su respiración era más profunda, sonó aquel teléfono.

...Continuará...
Capítulo VII
Capítulo V